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PELOTUDEO ONTOLOGICO

Cuando no tenés novia te dedicas al boludeo existencial
(o a la biografía de Simón Barrúntero)

viernes, septiembre 16, 2005

de ESCRITORES Y ESCRITOS

Escribir para anclarse en el mundo. Para no ser un cómplice de la digresión. Para aprender de la súbita lucidez de las ideas furtivas, esas que nos acompañan tan brevemente como la felicidad y su gracia.

Un par de prejuicios: el Word con su aristocrática cuna, me intimida. Es demasiado para mí. Se impone como un déspota desde el trono del pragmatismo y la oficina, rey del formulario, tirano de la productividad. El Word no puede servir para escribir estas tenues reflexiones mías. Sería como pretender un Steinway de tres cuartos de cola con el fin de practicar escalas. No lo sé. Pero amedrenta, deporta, extradita, excluye. Te remite, advenedizo, a los suburbios del tintero y la cuartilla. O al balbuceo eterno en tanto se camina solo rumiando alguna idea. O al silencio.

Pero callar me dispersa. Y hablarme no alcanza. Necesito escribir: escribirme. Es preciso poder volver mañana y encontrar ésto: un rastro de palabras mías, como huellas sobre la arena de mi memoria. O un punto precariamente inmóvil, consecuente, débil pero idéntico a sí mismo aunque más no sea por una vez. Un punto: la mínima expresión de la línea recta; o la improbable proyección de un mapa. Tengo la sensación de que escribir de algún modo nos ayuda a ser. Nos permite repasarnos, confirmarnos sobre este furioso irse que es el tiempo.

No obstante, Simón Barrúntero, un filósofo de Caballito, arguye que la soledad es quién hace a sus víctimas verdaderas indocumentadas. Pues es el Otro quien nos confirma en el diario devenir. Es su juicio sobre nosotros, su silencio ante nuestro decir, la sustancia espiritual con la que se nos devuelve el reflejo de nuestra propia historia. Es el Otro y su amor quienes nos escriben. Y es ese Otro, al mismo tiempo, nuestro obligado papel, cuartilla ontológica en la que mitigaremos el horror vacui de este que, contraparte humana, también teme no ser... escrito.


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domingo, septiembre 04, 2005

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24 faltas y media (ó ausente con asistencia).
**Casa Abandonada** Parte del mito que entreteje la filosofía de Simón Barrúntero consiste en que su autor se ausente unos meses del blog, confiriéndole así algo de esa especie de efecto mitológico que empapa a las casas abandonadas por cuya puerta aún podemos espiar. Sin embargo, como las casas, muchos sitios de la web son vícitmas del abandono -real, definitivo- de sus dueños primigenios. Y uno los recorre con pudor y respeto, sopesando el abstruso destino de aquellos antiguos moradores y arquitectos. Seguramente ustedes pasaron alguna vez por esta experiencia; no puede dejarse de sentir un resquemor de misterio ante esas "desactualizaciones" que en el mundo digital son sinónimo de ausencias, o silencios, o tácitas despedidas.
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En mi caso diré que, simplemente, mis faltazos fueron parte de una treta del filósofo de Caballito.¡Y lo peor fue que me quedé libre!
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Cordiales,
R.
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PD: sobre la vulgar analogía de las páginas olvidadas de la web y las casas abandonadas, me gustaría explayarme alguna vez.

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martes, marzo 29, 2005


Macedonio Fernandez, 1874-1952En tanto los vericuetos mentales por los que me transitan miríadas de neuronas tontas no conllevan a destino prolífico alguno, los distraigo con estas perlitas de Macedonio Fernandez. .
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"El Universo o Realidad y yo nacimos el 1ro de junio de 1874 y es sencillo añadir que ambos nacimientos ocurrieron cerca de aquí y en una ciudad de Buenos Aires. Hay un mundo para todo nacer y el no nacer no tiene nada de personal, es meramente no haber mundo. Nacer y no hallarlo es imposible; no se ha visto a ningún yo que, naciendo, se encontrara sin mundo, por lo que creo que la Realidad que hay la traemos nosotros y no quedaría nada de ella si efectivamente muriéramos, como temen algunos."
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¡Y otro!:
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"Comienzo a ser autor. De la abogacía me he mudado; estoy recién entrando a la litaratura, y como ninguno de la clientela mía judicial se vino conmigo, no tengo el primer lector todavía. De manera que cualquier persona puede tener hoy la suerte, que la posteridad le reconocerá, de ser el primer lector de un cierto escritor."
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Cordiales!
R.

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miércoles, febrero 23, 2005

Diego Arbit (ó Mitologías Ciertas)

Más allá de mis tenues ensayos mitológicos del barrio de Caballito en este blog, he aquí un par de libros que quiero presentar de un muy querido amigo del mundo real. Artista de verdad, éste sí que se anima a publicar sus textos más allá de la barriada de Simón Barrúntero. .
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SUS NOVELAS
** Soy Todo Ojos Mirando - Diego Arbit ** ** TRIPTICO - Diego Arbit **
Soy todo ojos mirando - Tríptico
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Breves Sinopsis:
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Soy todo ojos mirando: El personaje Diego Arbit termina de mostrar los dientes y de quedar mal con todo el mundo. Es quizás su libro más triste.
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Tríptico (co escrito con Fabio Guerrero Arévalo y Darío Semino): Un vendedor ambulante, Leandro Torbi, vende sus libros en los bares de la ciudad, pero algunas personas se ofenden mucho con lo que Torbi escribe. Una de esas personas es Zunilda Atrofocia Martín Alzaga. Llena de dinero y años Atrofocia no puede soportar la existencia de los escritos del vendedor, y decide comprar todos los libros que Torbi tiene en su mochila y en su casa para quemarlos. Es entonces que el vendedor le toma el gustito a la plata que recibe de manos de la vieja, y empieza a escribir de la forma más escatológica posible para que Zunilda le siga comprando, pero llega un día en que las ideas se le acaban, y decide pedir ayuda a dos escritores más para escribir un nuevo libro. Es ahí cuando las cosas se complican....Un delirio maravilloso..

Todos los libros de Diego Arbit se consiguen en:

Bar El Mojón: Uriarte 2078
Abunda: Thames 1482
Savia: Honduras 5382
Local itinerante de cultura independiente: www.elasunto.com.ar
Precio único de cada libro $5

Si quiere recibir extracciones de estos libros u otros de Diego Arbit escriba un mail con asunto "extracciones" a diegoarbit@hotmail.com

Agradecemos mucho si difunden esta gacetilla

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Contado quedó.
R.

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domingo, febrero 06, 2005

EN EL SUBTE (ó Tráfico de Órganos).

(Ojo que este lo escribí yo, no es del "Manuscrito")

(En el Subte)


-¡Tomá el hígado!.. ¡Tomá el hígado!.
-¿Eh? - dije yo.

Estaba viajando en el Subte B. hacia el lado de Alem. El vagón era un hervidero humano, como un tacho de lombrices.

Miré hacia atrás y vi a un hombre sacándome algo de la espalda.

-Oiga, devuelva eso. - objeté, sin saber con certeza que era lo que robaba.
-No sé hacerlo. - contestó el hombre, en tanto colocaba una cosa viscosa en un frasco con formol. -Nunca me enseñaron. Yo sólo los extraigo y se los llevo a Phanthopler.

Inmediatamente, una cabecita diminuta, de niñito, se interpuso entre los dos, a la altura de nuestras cinturas.

-¿Lo coso?
-De acuerdo. - contestó el hombre. Mas luego me miró:
-¿Quiere verlo por última vez?
-¿Cómo?

-Claro, mucha gente se emociona al contemplar sus propios órganos internos. En lo personal, a mi me produce un asco espantoso.

Comencé a sentir unas tenues puntaditas a un costado. El niño trabajaba con verdadera devoción.

-Es bueno, ¿eh? - acotó el hombre, con aire de complicidad - Ciertas veces la persona descubre el robo recién cuando llega a su casa, o al bañarse por la noche. Otros mueren sin saber por qué. Pero de Victorcito nadie se entera. Es un experto cirujano.

-O sea que ustedes... - dejé la frase sin terminar, contemplando aquello dentro del frasco de vidrio. Me produjo una vergüenza insoportable. -Qué horrible - atiné a decir.

-El suyo, sin embargo, es uno de los menos repugnantes. Se nota que nunca ha bebido. Vea aquí - me acercó el recipiente a la cara -, no tiene estrías, es grande y consistente... discúlpeme un momento... ¡Víctor! drenále al señor.

-Si, tío.

-Estos chicos. - se justificó el hombre mientras gesticulaba. -Perdóneme -agregó después de una pausa -pero.. no me mal interprete.. ¿le molestaría un riñón? Sólo uno, ¿comprende? Con el otro podrá vivir igual, siempre y cuando consiga un hígado nuevo.

Miré al niño. Había introducido una manguera en algún punto de mi panza, atravesando la camisa. Por el extremo opuesto succionaba algo con su boca y lo escupía suavemente al suelo. Luego tomó un bisturí.

-Estamos esterilizados - me tranquilizó el hombre. -¿O acaso cree ..
-No creo nada. - interrumpí. -Ahora ... ¿es todo así dentro nuestro?
-¿Todo? .. ¿en qué sentido?
-Me refiero a ese cúmulo de viscosidades inextricables, lúgubres y absurdas..
-Sí.- dijo el hombre - Es absurdo el interior. Todo interior es absurdo.

El tren se detuvo en la estación Gardel. Sobre el andén, una infinidad de seres aguardaban subir como si de eso se tratara la vida. Cada uno con hígado y riñones.

-¿Y bien? - inquirió el hombre, posando una mano sobre mi espalda.

Supuse que era un buen tipo. Se me ocurrió preguntar:

-Usted dijo que les llevaba los órganos a alguien. ¿Para qué?

-¡Oh!, por supuesto. - se justificó el hombre mediante un gesto de turbación - Es verdad y le pido disculpas. Verá: Phanthopler se encarga de colocarlos. Nosotros no. El hace el trabajo inverso. Una organización perfectamente concebida que busca, tabula y determina individuos con necesidades de desprendimiento orgánico y los reubica en otros con necesidades opuestas.

-No entiendo.
-Bien. - concluyó el hombre. Y dijo: - Víctor, el riñón izquierdo.

Sentí como el niño hurgaba en mi carne lechosa.

-¿Qué va a hacer?

-Si se refiere al proceso quirúrgico, lo desconozco - agregó el hombre. -Yo no opero, vigilo. Sin embargo, el resultado final es.. ¡oh!, ahí viene, ¡véalo! - Víctor le alcanzó un mohoso pedazo de carne oscura, con tubos amputados en un extremo. -Lo pondremos aquí, junto a su hígado, en el mismo frasco. Estos van al señor Mendez.

-¿Mendez? - me sobresalté - Es ese.. el político?

-Precisamente. Uno de los seres mas abominables que nos ha dado la naturaleza. Sin embargo, de eso se está encargando su psiquiatra. En lo que respecta a las propiedades de Mendez, ya tiene tres hígados, doce riñones y cuatro pulmones transplantados con éxito. Phanthopler utiliza una técnica de acumulación expansiva multidimensional que permite al paciente albergar infinidad de órganos internos al mismo tiempo. Según se cuenta, el conjunto es operativo y posee cualidades de conmutación. Esto es, cuando un determinado tipo de órgano se satura en sus funciones, un complicadísimo sistema de varas y poleas biomecánicas traspasa los tubos al siguiente. De modo que, en tanto el primero se recupera, el segundo suple los requerimientos de aquel y así, ad infinitum.

-Extraordinario. - dije.

-Ya lo creo. - contestó el hombre. - No obstante existen problemas graves. Por ejemplo: el ruido.

-¿El ruido? -repetí como un imbécil en tanto Víctor me desinfectaba, acomodando los pliegues de mi camisa.

-Claro. Es verdaderamente triste que otros sepan que uno está conmutando siempre; sobre todo en la alta sociedad. Imagínese sentado en medio de una reunión, mientras un páncreas comienza a salírsele de servicio. Las poleas y retenes.. quiero decir, todo ese enjambre de dispositivos técnicos arrancan automáticamente, produciendo un sordo zumbido, como de matadero. Comprenda que, en rigor, uno no se diferencia mucho de una vaca.

-Ah..

-Entonces, ponga por caso que se trate de un hígado, el comentario general será: "has visto que tenía resaca". Y tales injurias son inaceptables en los hombres de jerarquía; razón por la cual se ha presionado a Phanthopler a silenciar todo aquello.

-¿Y lo ha conseguido?

-En parte. - respondió el hombre -A decir verdad, toda la franja aristocrática es demasiado susceptible; al carecer de problemas económicos pasan de inmediato a los existenciales y ahí comienzan a lloriquear: "que el hígado así, que las uñas me crecen, que masticar me da arcadas, que no soporto defecar"; en fin, un verdadero muestrario de calamidades zoológicas que es para deprimirse en el acto. Phanthopler los escucha con tedio, asintiendo a cada una de sus excentricidades, pero con la certeza de que tales demandas son imposibles y caprichosas. Por ello ha diseñado un dispositivo adicional, que se implanta en un ojo del paciente, el cual le informa, desde una pantallita, los horarios de conmutación orgánicos, como una cartelera de aeropuerto. De esta manera se ha logrado contenerlos un poco, mientras se asombran del avance tecnológico que los pondrá a salvo de los vejámenes de su propia fisiología.

Sentí una especie de asco conquistar mi cuerpo entero. Era horrible. Una arcada global, algo así.

-¿Cuánto me cobra por sacarme todo eso? - pregunté.

El hombre me miró, francamente asombrado.

-¿Es decir que...
-¡Quíteme toda esta porquería ahora! - le increpé. -Quiero ser yo mismo.

-Bien. - Miró a Víctor con un gesto de asentimiento. -Lo haremos de inmediato. -culminó.

Lentamente comenzaron a vaciarme. El niño, muñido de una técnica prodigiosa, se las arregló para extraer mis órganos a partir del bajo vientre, como si se tratase de desmontar un edificio desde el suelo. Yo no sentía dolor, apenas un leve cosquilleo en la barriga. Luego el espacio se hizo en mí y presumí de una nueva sensación de libertad. Cierta analogía con mi alma: un vacío inabarcable.

Cuando llegamos a Alem, todo había concluido.

-Es usted un donante muy amable - dijo el hombre. -Sin embargo el corazón, vea, parece muy enfermo, no sirve.

Observé ese órgano triste balbucear sus últimos latidos. En verdad, se lo descubría débil e insignificante sobre las manos del niño. El hombre me miró con precaución.

-Está bien - dije -Tírelo.
-Se lo daremos al perro -contestó con deferencia. - Usted no se preocupe.

Cuando el tren paró, los vi alejarse en dirección a la escalera rodante. Llevaban en las manos unas bolsas de supermercado en donde transportaban los frascos con mis restos. Qué curioso. Todo aquello me había sostenido en este mundo pese a su insano horror. No se le podía ordenar al cuerpo que muriera nunca. Esas cosas funcionaban solas como satisfechas de sí mismas.

Por fin todo se oscureció...

Contado quedó,
Cordiales,
R.


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domingo, enero 09, 2005

ONIRIA (ó el castigo de la memoria).



En mi sueños me visitan personas que no conozco, ni allí ni en la vigilia. Si están detrás de la puerta de calle (como en el caso del sueño del cual recién desperté) se anuncian, luego de golpear con los nudillos, con un terrible "Soy YO" que me deja estupefacto. Porque su identidad tácita preanuncia, poco más o menos, que estiman que yo debo conocerlas y que, de algún modo, debo estar aguardándolas; no obstante, a mí me son por completo desconocidas, inesperadas, extrañas e indiferentes.

Antes, en mi etapa filantrópica, cuando era afín a otros seres con los que compartía la intimidad, el contenido de mis sueños era más familiar y no se atascaba en este grado de extrañeza en que lo vivo hoy. Da la sensación de que las personas de mis sueños me conocen perfectamente a mí, me quieren, me aceptan, en tanto yo las considero extrañas, desconocidas y sin valor agregado ninguno. Y semejante cosa, al despertar, esta inquietante idea de "no poder recordarlas ni quererlas" se traduce en una suerte de culpa, de pena, de gran desasosiego que acompañan mi transición a la vigilia, alterándome el carácter.

Ahora, por ejemplo, aún me sobrevive una estúpida propensión a creer que sólo el sueño es el territorio de mis afectos, continente al que yo, misteriosamente (o en virtud de un terrible castigo), estoy condenado a recorrer sin memoria.
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Contado quedó.
Cordiales,
R.


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jueves, enero 06, 2005

EL SUICIDIO DE LOS BICHOS (ó elucubraciones en mi cuaderno de adeveras)

**El suicidio de los bichos**

A pesar del tiempo trascurrido, el tema de los insectos y la maceta continúa pareciéndome interesante. Es algo que no conté aquí porque, para ser preciso, excede los suburbios de este blog abocado más que nada a las topologías de Simón Barrúntero. Lo que sigue lo escribí a mediados de octubre del ´04 por primera vez, sentado en un bar de Hipólito Irigoyen y 24 de Noviembre. Hoy lo entrego a la estampa virtual de la blogósfera, torpe, confuso e incompleto. Como siempre, pido disculpas:


"Alrededor de un potus del comedor (apoyado en el suelo), todos los mediodías al regresar del trabajo, encontraba un círculo de bichos -rojitos y con tres antenas, creo, no soy insectólogo- definitivamente muertos. Posteriores investigaciones me arrojaron a la conclusión siguiente: los bichos se suicidaban. Esto es: oriundos del interior de ese hábitat microbiológico local que era la tierra de la maceta, por causas ajenas a mi comprensión, éstos, en las primeras horas del alba, se arrojaban al vacío, abandonando el terruño del cual eran naturales, hacia las vastedades de la cerámica del piso del comedor.

"Tal actitud infrecuente -dejando a un lado mi incomodidad ante la existencia de una variedad no documentada de insectos en mi domicilio- me alarmó en más de un sentido, suponiendo -soy propenso a las mitologías- que todo se trataba de una parábola apocalíptica referida a mi vida o mi destino.

"Por lo demás, semejante serie de elucubraciones, prejuicios e ideas excéntricas no me invadió sino hasta los seis o siete días de advertida la anomalía y su reiteración... quiero decir: ese raro empecinamiento animal por abandonar un mundo que -aunque les pesara a ellos- era suyo, propio, esto es, el único planisferio conocido.

"Pero también -debo anotar- la historia de los bichos y la maceta coincidió con una etapa de tremendo aislamiento y soledad por la que sumergía a mis días; de modo que -intuyo ahora- quizá más permeable a los sucesos por demás minúsculos o inverosímiles de entonces, yo exageraba la realidad o me mentía a mi mismo. Y recuerdo que, por esa época (esto ocurrió durante septiembre del ´04, lo relaté en un cuaderno en octubre y finalmente lo publico aquí ahora, en enero del ´05) albergué una idea que fue más o menos así: somos los poros de la piel de otra cosa que respira a través nuestro. Después pensé que, acaso, no fuésemos más que el átomo de un gusano que se come al cadáver de un perro en un universo superpuesto y más vasto que el nuestro.

"No sé por qué lo cuento así, pero todo tiene una confusa relación, es múltiplo de una cifra que encaja en la ecuación actual de mi vida. Ahora estoy en el tertúlico Psicosis, escribiendo... se desvirtuó. A los interesados: Hipólito Irigoyen y 24 de Noviembre. A treinta metros se asoma media fachada de la facultad de Psi, como el perfil de una señorita tímida. Y a propósito de féminas: ¡en el bar No hay MINAS!.


Contado quedó.
Cordiales,
R.


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martes, enero 04, 2005

EN EL JARDIN (grabado con el Dreams Interpreter V 0.99)
(la noche del 31 de diciembre)

**La foto virtual via Dreams Interpreter retocada con Corel que soñé el 31 del 12).
Cierta mañana, al remover la tierra del jardín, un objeto duro y negro obstaculizó el recorrido de mi pala. Introduje la mano -a unos quince centímetros de profundidad- y no pude reprimir un gritito de miedo cuando advertí, insanamente, que aquella especie de forúnculo era, además, peludo. Alarmado y curioso ensanché el pozo, cuidando de no herir la raíz, hasta que, de algún modo, el redondel giró sobre sí mismo, presentándome una especie de rostro que me miraba con angustiosa preocupación.

-Señor -me dijo-, no se delate.
-Pero, ¿cómo? -atiné yo, retrocediendo.
-A partir de hoy no debe traicionarse.

Me acerqué lentamente para explorar aquello. Miré, no obstante, desde una distancia prudencial, pues quién podría decirme si, además de cara, ese ser no tendría otras excéntricas ramificaciones. Un agudo exámen visual me confirmó que, exceptuando cierta impresión de discordancia facial -ojos descentrados, boca torcida, nariz diminuta- sólo se trataba de un rostro humano. Esto, en algún sentido, me tranquilizó.

-Me pida esto o lo otro -comencé, tratando de disgregar mi asombro en inútiles declamaciones-, usted se ha puesto en el lugar de las magnolias -señalé la planta que había comprado para colocar exactamente allí; gesto que, por otra parte, dada la ubicuidad subterránea de la cabeza, esta jamás pudo advertir. -De manera que...

En ese instante, Norma, mi mujer, irrumpió en el jardín, con el fin de averiguar el destino de unas tijeras.

-Por favor -escuché desde el césped-, Norma no debe saberlo jamás.

No sé por qué me embargó un extraño sentimiento de culpabilidad con respecto a esa cabeza. Llevé a mi esposa hacia un costado -el más alejado posible del teatro de los acontecimientos- excusándome mediante un género tan infundado de argumentaciones que, al oírlas, el rostro profirió un suspiro de terror.

-Señor -dije, ni bien regresé al jardín.-, ella no lo sabe, quédese tranquilo.

-De todas formas -acotó la cabeza, con un hilillo de voz-, usted carga ahora con una terrible responsabilidad-. Sentí una ola de frío recorrerme el espinazo. -Pues, desde hoy, no podrá negarse a sí mismo la realidad de mi existencia.

-Es cierto-. dije yo-. No obstante -agregué-, mis magnolias servirán para ocultarlo.

-De acuerdo -contestó la cabeza-. Y cuando, en las magnolias, aflore un dedo que lo señale a usted directamente; o una boca que le insulte desde un gajo; o un ojo que le llore en el rocío, dígame, pues, ¿con qué otro subterfugio me va a poder ocultar?

Cordiales,
R.

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lunes, diciembre 13, 2004


EN LA VENTANA (del manuscrito mágico)

(en la ventana) - Del Manuscrito Mágico de Gustalnikov

Hay una instancia, cuando los sonidos del mundo van retirándose a equívocas prisiones, en que el hombre, casualmente, se detiene frente a una ventana. No se recomienda hacer nunca esto.

Tú verás -si estás a la altura y a la distancia prudentes, con las persianas abiertas, supongamos, en un departamento del edificio vecino-, cómo el hombre ofrece al mundo la silueta de su cuerpo. Y permanecerás -si por casualidad no tienes ningún otro proyecto- estudiando su figura anónima, ese precario punto supurado desde un poro del concreto. Entonces -si aún no sonó el timbre, o el teléfono; si eres brevemente sensible a la extrañeza de vivir-, podrá ser factible que ciertas preguntas afloren en tu corazón. Y balbucearás, por ejemplo: "¿Estará solo?; ¿Sufrirá?; ¿Contemplará la calle porque espera a una persona que no llega?; ¿Sentirá tristeza?" .

Y de pronto -quizás porque tus ojos se adecuaron al contexto, o porque la luminosidad de esa tarde se insubordinó a su anochecer-, descubrirás, alarmado, que el hombre te está mirando. Y te será muy dificil no advertir su rostro demacrado, las arrugas horizontales impresas en la frente, los ojos como dos mensajes, la boca perdida tras una mueca de dolor. De modo que, poco a poco, comenzará a inquietarte la intensidad de su existencia.

Por eso desviarás vehementemente tu mirada. Y cuando, por fin, aquella ventana esté desierta; cuando confirmes, aliviado, que ese hombre triste ya se ha ído, una cálida, imprecisa, inopinada sensación de bienestar volverá a tí. Pues es imperdonable -pensarás- tolerarnos desde las ventanas.

Lo que tú no sabrás nunca -acaso por desviar los ojos en el instante propicio; acaso por una repentina tenuidad de la luz- es que el hombre te pedía desesperadamente ayuda. Y que, esa noche, mientras acaricias los pechos de tu compañera, un cuerpo abandonado, gris, embeberá de sangre el asfalto de la calle.

Cordiales,

Robel


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miércoles, noviembre 17, 2004



Posibles comienzos sobre la veradera historia de la máquina del tiempo argentina:

Posibles argumentos tontos sobre una historia de la máquina del tiempo argentina.

Comienzo 1 -> Pese a las mentiras literarias de H.G.Wells, José Rodriguez Carmesano, veterinario de la zona oeste de Capital Federal., fue el inventor de la máquina del tiempo. No la imaginó, la fabricó; sólo que por un loro se le fue al pasado y nadie supo más de ella...

Comienzo 2 -> Detrás del negocio que oficiaba de veterinaria, José Rodriguez Carmesano había ensamblado una suerte de laboratorio al mejor estilo Juan Salvo (el de El Eternauta) para poder derrochar sus horas muertas, es decir, casi todo el día, en virtud a un problema psicológico que lo había arrojado a las más profundas depresiones... Así, asqueado del transcurso inútil de la existencia (y todas sus arcadas ontológicas), detenido en el breve espacio del local, descubrió como moverse en el tiempo con la ayuda de un loro enfermo.

Comienzo 3 -> Según unos manuscritos hallados en la demolición de la propiedad perteneciente a J.R. Carmesano (pasaba la autopista), la construcción del modelo de la máquina del tiempo era sencillísima y operaba, pieza más, pieza menos, por intermedio de un motor de aire acondicionado (compresor de gas refrigerante de acuerdo a norma Spar 23.344/2) de 2.300 frigorías conectado a un sistema de poleas y caños por los que circulaba una substancia llamada "polvo de luz" la cual, según Carmesano, era obtenida de la destilación de un remedio para loros...

¿Y a vos cuál te gusta más?

Cordiales,
Robel


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miércoles, noviembre 03, 2004

Otro Cuento (ó EL PISOTON).

El pisotón


Después de innumerables guerras y desentendidos, los hombres -hablamos de naciones, partidos, poderes, habitantes en general- decidieron, por ecuánime sentir, la unión universal. La disposición de hechos que alinearon a las masas, la buena voluntad de aquellas para con sus dirigentes en el sentido claro de aguardar el momento más propicio para darse a entender con simpleza y claridad; en fin, aquellos acontecimientos que, con el correr de los milenios y bajo la forma de catástrofes, torturas, asesinatos multitudinarios, holocaustos e injurias, lograron que el planeta todo, asqueado de dolor, dispusiera dejar de dividirse son, en verdad, harto extensos y no deben lugar en este informe. Si, en cambio, vale recalcar ejemplarmente las consecuencias de esta tan ansiada unión, inclusive a modo de enseñanza para seres de otros mundos que, acaso confundidos en un mal trance historiológico, requieran la experiencia humana como modelo de instrucción.

Las acciones programadas fueron simples y efectivas: se constituyó un Congreso Universal representado por el conglomerado de ex-países; su fundó una Capital Universal; se estableció la democracia en todas las regiones; organismos especializados encabezaron el arduo proyecto de distribución de riquezas que, para sorpresa de algunos, tuvo un éxito instantáneo.

Se creó la Junta Permanente Universal con el fin -entre otros fines- de erradicar todas las armas del mundo. Los propios militares arrojaron su armamento a lo profundo de los mares en soberbias actuaciones públicas que entremezclaban la grandeza humana con furiosas algarabías.

Pronto apareció la Real Academia Universal: institución lingüística que impuso el Nuevo Esperanto como lengua oficial de la Tierra. Nadie se rehusó a estudiarlo y gran parte del saber humano fue transcrito de inmediato a él.

La oleada de cambios trajo aparejada la desaparición de enfermedades y bajezas. Ciencia y arte se fundieron en un solo pedestal que los lanzó al infinito conocimiento del todo. Irrumpieron de inmediato genios en letras y física; matemáticos que tocaban el laúd; violinistas que afinaban autos; escritores-campeones de ajedrez; y así, ad infinitum.

Entonces, cuando se creyó indispensable declarar oficial la feliz unión del planeta Tierra -piénsese que tales cambios ocurrieron vertiginosamente- las autoridades máximas organizaron la Primera Fiesta Universal, acto que se celebraría a determinada hora (se regían por el meridiano de Greenwich) y al unísono internacional. De manera que, al toque de una trompa transmitida vía satélite, la totalidad de la raza debería afianzar su acuerdo explícito de unión, solidaridad y entendimiento con un gesto que -se pensó en tal instancia- era representativo de la hermandad entre los hombres y su tierra. Convenido así, el absoluto humano daría un firme pisotón sobre el suelo en que vivía seguido de un grito de hurra (en Nuevo Esperanto) que sería oído hasta el Sol -de acuerdo a los científicos- y hasta el paraíso -de acuerdo a los curas- .

Y así se hizo. Pero el pisotón no solo impidió que el "hurra" se escuchara, -tan grande fue el estruendo- sino que, pese a semejante expectativa, consiguió desviar un grado el ángulo de rotación del planeta. De modo tal la Tierra perdió su órbita; la Luna impactó con Sudamérica y exterminó un tercio de los que pisaban; la colisión trajo consigo el desbordamiento de mares y océanos (otro tercio menos); pronto apareció Venus sobre el poniente y aterrizó en la torre Eifell (ochocientos millones menos); Venus y Tierra descalabraron al sistema planetario y los restantes astros comenzaron a estrellarse contra el Sol; Plutón embistió a Mercurio, antes; Saturno se puso a Marte de sombrero; y el polvo estelar agujereó las pampas y praderas extinguiéndonos como a inútiles hormigas.

Ahora, para cerrar la hecatombe universal producida por tanta algarabía, las ojivas nucleares arrojadas al mar con tan buena intención andan explotando azarosamente por doquier y ya no queda nadie. Estoy yo, quien suscribe el informe, y muero.

Cordiales,
R

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lunes, septiembre 27, 2004

La belleza del mundo (ó Lecturas Subterráneas)

'Texto

Sobre la falda de una chica, viajando en el Subte A, había un libro abierto. Leí:

"Se llama Tala y no molesta ni ladra; nunca sale de la bolsa, salvo cuando yo se lo pido. Me he quedado con él después de que su dueña, una mujer que trabajaba en un burdel, murió de repente, en pleno ejercicio de su profesión, de un sincope, supongo; y quedó tan solo como yo; come de mi mano lo que puedo darle, y a veces ni come".

Advirtió que leía con ella y se interrumpió de golpe, como sorprendida en medio de un acto pudoroso. Me sentí avergonzado; y al mirarla fugazmente al rostro encontré en sus ojos el residuo de una lágrima.

Cuando se bajó en la estación Acoyte, fue inevitable pensar por quién habría llorado, si por el hombre solitario o por el perro de la bolsa.

Simón Barrúntero me recordó que por ambos.

Cordiales,
Robel


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sábado, septiembre 25, 2004


"..está lo que te ayuda a creer
en algo más aparte de la muerte:
alguien que se acerca en un coche
por una calle demasiado estrecha
y se echa a un lado para dejarte pasar.. "
Charles Bukowsky


112 Total

UN CUENTO (ó 112 TOTAL)

- Telefónica de Argentina, mi nombre es Sandra, ¿en que lo puedo ayudar?
- A matarme. - contesté a regañadientes.

Por alguna razón innecesaria, se me había ocurrido solicitar el servicio de llamada en espera. Generalmente, uno consume cuando se angustia, motivo por el cual yo no podía dejar de suponer que el hecho de adquirir bienes y servicios me proporcionaría la voluntad necesaria para postergar el suicidio.

Luego de escuchar aquella dulce voz a sueldo de doscientos pesos, pensé que la felicidad había triunfado en el mundo, como las acciones de Microsoft. Esto me irritó:

- Tanta amabilidad es sospechosa. - dije. - Prefiero ENTEL: aquellos empleados amargados que atendían después de la vigésima llamada y ante el mínimo reclamo nos mandaban a la mierda.

Hubo un silencio enloquecedor. En aquella época, todo silencio me desesperaba. Desde el fondo de la línea, sin embargo, una musiquita reiterativa, hipnótica, ritmada para bobos, parecía obstinada en quebrantar mi irritación. "Nos silban como a las bestias" pensé. Pero dije:

- Oiga. ¿No la prepararon para atender locos? ¡O usted se cree que este mundo es normal!, ¿he?. Vea: no es normal. - De alguna manera comencé a advertir lo insensato que era contratar aquel servicio. Yo no recibía a nadie, no hablaba prácticamente con nadie, odiaba a la gente, amontonada o no (antes sólo amontonada) y, para colmo, no daba mi número hacía siglos. ¿Cómo era posible ser tan irracional?.

Imaginé que la chica era hermosa, jovial y creía en Luis Miguel.

- Operadora - dije, al estilo de los sesenta (sabía que así la ofuscaría más) - No tengo remilgos en confesarle que, salvo contadísimos seres (por lo general cuadrúpedos), el resto del mundo se me importa un carajo. ¿Entendió?. Usted -y aquí señalé al auricular- deberá suponer que el mundo es hermoso, como Poldy Bird, pero no, es horrible, una trampa para ratas.

- Los seres humanos no somos ratas -. se me respondió amablemente.

- ¡Y entonces por qué los científicos las usan para aprender a curarnos!

De inmediato caí en uno de esos estados nerviosos que me habían permitido, lenta pero radicalmente, cortar los hilos que me unían con el ser humano. Pateé algunos objetos tirados por el suelo, arrojando el tubo al techo. A decir verdad, me molestaba que las cosas siguieran tan empecinadas en parecer lo que habían sido, de modo que las rompía varias veces, estrujándolas, eyectándolas, haciendo de ellas la contradicción del fabricante. Por lo general, me ensañaba con los electrodomésticos. Un horror.

Fui hasta el baño y volví. Tomé el teléfono.

- Hola. - dije.

- Sí, señor. - me respondió la misma voz.

"Extraordinario" pensé. "Todavía sigue allí". No me dejé impresionar.

- Señorita: dejemos las consideraciones innecesarias para otro momento. Yo estoy loco, usted probablemente también, sólo que existe un sistema que nos impide expresar el más mínimo resabio de incoherencia humana. ¿No se ha dado cuenta que mientras el mundo se va al carajo todos nos empecinamos en sonreír? Que Telefónica de acá, que Telecom, buen día, de allá; que es un honor ofrecerle nuestro innovador servicio gracias al cual su teléfono le vibrará dentro del orto, en fin, todo maravilloso y funcional. El sistema consiste en sugerir el paraíso mientras nadamos en océanos de mierda. Dentro de poco, creo, hasta los enfermos de cáncer se van a morir contando chistes.

- Señor ..

- ¡Señor nada! - exploté. - ¿Por qué siempre hay que relativizarlo todo? ¡Estoy harto! Deberíamos comenzar a hablar con la verdad, es decir, aceptando lo inevitable: "Señor, yo también voy a morir, ¿puedo acompañarlo en el dolor de esta existencia absurda?". Algo por el estilo. Entonces sí, quizás, sólo acaso, le concedería a usted, por supuesto que a regañadientes, la posibilidad de venderme algún servicio telefónico. ¡Pero no!. Hay que hacerlo del modo más hipócrita posible, infundiendo tenues ánimos inútiles que todos sabemos falsos. Hay que sonreír, no reír: sonreír; dado que una estruendosa carcajada podría costarle el puesto por la única razón de que comienza a ser usted misma. ¿Entendió?

Ni siquiera escuché. Dejé caer el tubo al suelo (siempre tuve la esperanza de que un día la gravedad no funcione, transformándose en una nueva mentira) y, al comprobar el estruendo, insulté a Newton, Kepler y toda la comunidad científica universal.

Cuando regresé al comedor, munido a una bebida espirituosa, oí chillar el audífono.

- ¡Hola!

- Aquí estoy, señor.

- Pero.. ¿Cómo es posible? - bebí un trago - ¿Allí también se caen las cosas?. ¿Allí también se muere? No me interesa hablar con Dios ni el paraíso. ¡Basta!

- Pero yo lo amo. - escuché decir.

Me quedé helado. Alguien me amaba. Nadie me había amado nunca.

- ¿Cómo?

- Lo amo, señor. Jamás pensé que fuera tan... - se interrumpió. Luego se oyó la voz de un hombre impartiendo extrañas directivas. - Tengo que colgar, lo amo mucho, lo siento tanto ..

Una especie de horror eléctrico comenzó a sacudirme las entrañas. Era, en verdad, la voz más hermosa que hubiese oído nunca.

- Un momento. Necesito saber...

- Nunca lo olvidaré.

Colgaron.

Durante varios meses solicité los servicios mas insoportables que se hayan inventado en la historia de la telefonía urbana: llamada en espera, multiconferencia tripartita, casilla de mensajes, e-mails automáticos, transferencia de líneas y no sé cuántas cosas más. Siempre eran Martha, Karen, Miriam, Telma, Adriana, Sylvia, desfilando en mis oídos como una seguidilla de locutoras sobre un dial.

Creo que, al igual que el mundo, el sistema de operadoras está hecho para que nunca podamos hablar con alguien más de una vez. En mi último intento no tuve otra opción que dar de baja mi teléfono. Se llamaba Estela. Dijo Estela. Dijo si podía ayudarme. Dijo qué pena. Dijo gracias por llamar.

Cordiales,
R.

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domingo, agosto 22, 2004


----> (viene del post del 29 y 22 de junio y 17 de julio, respectivamente)


COSA RARA IV (ó FASE 1.MP3)

Mi amiga C.
Antes que nada, gracias C. por enviarme tan bello mail inquiriendo los porqués de mi ausencia. Sucede que en este negocio alfabético hay momentos en que el cardumen literario es víctima de otros anzuelos.. (mirá vos qué pedorro y pelotudo suelo resultar para algunas metáforas, parezco un Narosky de pescadería).

De todas formas, como deferencia a tu hospitalario interés, cuéntote: hace unos días, en el manuscrito mágico de Gustalnikov, apareció la siguiente leyenda: "Somos poros de la piel de otra cosa que respira a través nuestro". Como verás, creo que Gustalnikov se obsesionaba con la teoría de la superposición e interdependencia de los mundos, aunque en un sentido macroscópico: nos imaginaba leucocitos de un ser más grande y superior, seguramente preocupado por dios y la existencia. Pero dejemos esto.

Ahora quisiera, para todos nuestros lectores, agregar a los posts anteriores (de la zaga "Cosa Rara I, II y III"), un dato más al misterio del Doctor Rigopietro: un curiosísimo MP3 adjunto al cuarto mail (aún por publicar) en donde se nombra al supuesto destinatario de estos mensajes (un tal Dellinger) y a su perro (Azulejito) el cual, según pensamos con Damián, además de ladrar, habla. Se trata de un tema instrumental, bastante "progresivo" con pequeños detalles vocales. Muy raro. Se llama FASE1.MP3, por lo que estimo es parte de una obra conceptual que nunca se terminó (como casi todo lo que me toca conocer en esta vida).

Lo resampleé a 128 kbits y mide poco más de 2 megas --> (info para los downloaderos interesados).

Click AQUI para bajar y oir.

Cordiales,
R.

(y en cuanto a vos, C., gracias por tu raro interés en mí)


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martes, agosto 17, 2004


Queridos Amigos:

Por ahora, la inspiración es como una mujer hermosa: siempre está con otros.

Cordiales,
R.

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jueves, julio 29, 2004

 
Sobre Gustalnikov (O el regreso del manuscrito mágico)
 

        *Manuscrito Mágico de Gustavo Gustalnikov. Texto que aparece al doblar en la esquina de Alberti y Av. Belgrano, vereda impar. (para más datos leer el Tractat de Objetos Mitológicos del menú a la izquierda.*   El índice temático del pensamiento gustalnikovniano puede expresarse bajo estos dos torcidos troncos conceptuales, a saber:

            1- Que el hombre, como tal, no es más que una suerte de atalaya existencial desde la que atestigua el universo. La conciencia individual aún no alcanza el cielo necesario para comprender a dios, no obstante, lo sospecha. Si se le pidiera una explicación menos obtusa sobre el tópico, Gustalnikov se despacharía así: "El hombre es a la divinidad lo que el leucocito a la carótida. ¿O acaso el leucocito sospecha, más allá de su pertenencia a un sistema sanguíneo vasto y desconocido -lo cual ya debería resultarle bastante raro-, que conforma y da soporte a una unidad mayor llamada hombre?"..  De lo cual se desprende la idea de que, al contrario de lo que suele pensarse, dios se sirve de nosotros para su misteriosa prosecución. (¿Seremos acaso, parte de su sistema inmunológico, una célula del hígado, lo blanco de su único ojo?). <-- Pregunta de baño de biblioteca.
 
            2- Por otro lado sostiene que todo hombre es un desamparado en el sentido más nefasto de la acepción en tanto no lo acompañe una mujer. Porque la mujer es la casa, el hogar ontológico donde la virilidad descansa, se recompone y refuerza. Por eso la vida en soledad -confiesa en su manuscrito mágico- ostenta los atributos del humo, la contención del vacío y la música del silencio.
 
Disculpenló.
Cordiales,
R.

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sábado, julio 17, 2004

----> (viene del post del 29 y 22 de junio, respectivamente)


Pasaron cosas raras, de verdad. En los últimos días no supe si seguir adelante con la publicación de estos mails arrojados como por error en un disco rígido. Por lo demás todo concuerda... y da miedo. (Damián  abandonó).

COSA RARA III (o el sueño de un loco)


 Señor Dellinger: 
  
       *3er mail del doctor Rigopietro*         Estuve releyendo, durante el fin de semana, las copias de los mensajes que le fui enviando días atrás. He notado que hay, ora aquí, ora allí, pero por sobre todo hacia el final de cada uno de ellos, un cierto dejo de incógnita, como si hubiese querido que usted, víctima de la curiosidad, se obligara a continuar con la lectura de estas "entregas parciales" que le voy acercando.  Mi intención dista mucho de ello; es más: creo que el simple hecho de narrar hace a las cosas más interesantes de lo que fueron. De manera que quítese de la cabeza cualquier noción apócrifa sobre el asunto: a decir verdad, no hay nada de extraordinario en mi relato, pues todo ha sucedido de acuerdo a "la realidad" que, como usted sabe, no es tan real como parece, ni tan clara como dicen.
 
                Me imagino que querrá saber qué le pasó a Palmer. Ya le dije: se lo comieron las hormigas. Pero si me permite a bien la digresión, en la noche de ayer tuve un sueño que vale la pena le cuente, en primer lugar porque tiene que ver con su propia persona, querido Dellinger y, en segundo, debido a que existe en él una metáfora de los túneles que a usted tanto le intrigan, no sin dejar de lado los entrañables misterios que deben de ocultar a la humanidad en general.
 
                Mis primeras reflexiones sobre el sueño son sorprendentes, ya verá. En rigor, partiré de consideraciones generales, relativas a todos los sueños, para luego adentrarme en mi experiencia onírica particular, la cual no tiene desperdicios. Dígame, señor Dellinger: ¿Usted se imagina qué cosas son las que sueñan los ciegos? ¿Se da cuenta? El sueño -y esto jamás lo había meditado-, es una creación preponderantemente visual, cuyos componentes auxiliares se relacionan con los sentimientos y las impresiones. Pero siempre se parte de la imagen. ¿Por qué? ¿Por qué los ojos parecen ser, para el sueño, el medio directo de sus creaciones y argumentos? Yo nunca confié demasiado en la vista, usted sabe eso. Es el sentido menos seguro de todos, dado que se empecina en la unicidad, en mostrarnos la realidad como un ente unívoco. Y no hay nada más sospechoso que algo empecinado en lo estático, en la inmovilidad o la permanencia. Y fíjese que el sueño, pese a ser visual, contiene la virtud de corroer esta realidad aburrida que padecemos despiertos; como si se riera de ella distorsionándola, alterándola, deformándola a su antojo. El sueño, pues,  nos enseña lo que nuestros ojos mienten. (esta reflexión es confidencial, cuidado). Pues bien, pasemos ahora a mi sueño: como usted muy bien sabe, yo no lo conozco aún personalmente. Es más, todavía dudo que exista, porque siempre he padecido una desatinada tendencia a imaginar seres demasiado interesantes como para vivir en este planeta de boludos. De modo que cuando creo haber encontrado al amigo, o a la novia, etcétera, etcétera, con los cuales poder compartir mis tenues elucubraciones, siempre un médico uniformado, con cara de sabio y una sonrisa de animalito entrenado me recuerda que no, que yo los he imaginado, que no existen; y me da de tomar una pastillita. Las pastillas y la soledad son lo mismo, señor Dellinger.
 
                En cuanto al contenido de mi sueño, vaya a saber uno por qué tipo de disposiciones de ideas,  le diré lo siguiente: usted estaba allí. No lo recuerdo en imagen, aunque sí en presencia. ¿Va comprendiendo? Es más: la presencia superaba a la imagen, la minimizaba, la extinguía en su verdadera inconsistencia. Estábamos pescando en un muelle de la antigua Ciudad Deportiva de Boca Junior. ¿Recuerda usted ese lugar bucólico, insensato, esa especie de lengua gris que se adentra en las costas del río más triste del mundo, en el margen sudeste de la ciudad más insoportablemente melancólica del mundo?  Pues bien, allí nos hallábamos, acodados en el parapeto, bajo un cielo plomizo que parecía derrumbarse. Y las aguas, marrones, casi negras, apenas se movían, sugiriendo esa densidad del petróleo de la que parece teñida nuestra existencia porteña. Usted había tirado bastante lejos, yo sólo observaba la tensión de la tanza diluyéndose en la lejanía. No sé por qué tenía miedo; usted incluso también, pero no nos hablábamos, simplemente esperábamos que aquello aconteciera. Porque algo iba a suceder, ¿Entiende? Entonces, de pronto, la caña comienza a torcerse, despacio y, no obstante, sin pausa, incrementando la tensión. Ninguno de los dos hacía nada. No se trataba de sacar a la presa del agua, esgrimir la caña e imponerle nuestra voluntad. Por el contrario: eso que estaba allí abajo iba a salir por sí mismo, más allá de nuestros deseos e intervención. Iba a salir pese a nosotros mismos.
 
                Transcurrieron unos segundos más de incertidumbre horrible. Yo no podía soportar una especie de inquietud nerviosa que había empezado a conquistar mi cuerpo entero. Fue cuando usted señaló una cosa monstruosa que ascendía a través del hilo. Curiosamente, no había mordido el anzuelo en el otro extremo de la tanza, sino que, en una forma como precaria aunque eficaz, se desplazaba en dirección nuestra con marcado frenesí merced a la línea de pesca.  Difícil sería explicarle la apariencia, la forma abstrusa e incluso el olor de aquella monstruosidad. Permanecimos en un estado hipnótico contemplando semejante aberración de carne y fluidos sórdidos consumir los pocos metros que nos separaban. No existe forma humana o animal, créame, que me permita  describirla con mediana aproximación. Sin embargo, en algún punto de esa masa viscosa que parecía ser el rostro, una suerte de ojo, algo así como un agujero abordolado, abismal, profundísimo, similar en cierto modo a un ano de carne corrupta, de esa suerte de ojo, digo, parecía escapar una humilde, sutil, desesperada lágrima. Fue entonces cuando el monstruo dijo, vaya uno a inferir a través de cual otro extraño orificio, estas cuatro palabras de miedo que, aún ahora, despierto como estoy, resuenan en mi cerebro como pelotas que rebotan en un torbellino: Ahora ya lo saben dijo, grave, tristísimo, el monstruo. Luego se zambulló en las aguas de ese río maldito, desapareciendo para siempre.
 
                Si antes el cielo me había parecido plomizo; si, como le indiqué más arriba, las aguas de aquel estuario daban una insidiosa impresión de quietud petrolífera, ahora, una vez el monstruo hubo hablado, todo, el mundo inclusive, con sus seres, con sus casas, con sus ciudades, con sus mitos, el universo entero se asemejaba en mi alma a una difusa llama rindiéndose a las garras de una oscuridad obtusa, definitiva, inmunizada contra la eternidad de Dios y la esperanza de los hombres.
 
                Al despertar, un sabor de pena -y por qué no de amor-, me hizo temer por el destino del monstruo.
 
                Estése alerta,
                Dr. Rigopietro.
                Borda -Argentina.

 


Y todavía queda 1 mail más por publicar... (será después).
¿Qué opinan?
Cordiales,
R.


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lunes, julio 05, 2004

José Saramago Es interesante cómo nos pasamos todos los días de la vida despidiéndonos, diciendo y oyendo decir hasta mañana, y, fatalmente, en uno de esos días, el que fue último para alguien, o ya no está aquel a quien se lo dijimos, o ya no estamos nosotros que lo habíamos dicho. Veremos en este mañana de hoy, al que también solemos llamar día siguiente, encontrándose el alcalde y su conductor particular una vez más, serán capaces ellos de comprender hasta qué punto es extraordinario, hasta qué punto fue casi un milagro haber dicho hasta mañana y ver que se cumplió como certeza lo que no había sido más que una problemática posibilidad.

(breve extracto de Ensayo sobre la lucidez, José Saramago)

Cordiales,
R.


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martes, junio 29, 2004


----> (viene del post del 22 de junio)

Pues bien, he aquí, con la debida abstención al ornamento periodístico inútil en el que siempre incurro, publico, a secas, aquello que fue prometido hace unos días: el segundo (de los cuatro e-mails) del ya extrañísimo Dr. Rigopietro. En él se explica la implementación del método definitivo por el cual fue ampliada la topografía subterránea de Buenos Aires. Mejor que mis palabras, el texto:


(Según Rigopietro, diagrama de los primeros tres túneles construidos merced al método ortodoxo Dorhis-Palmer: Olmy, Droblas-Telmo y el "tercero")COSA RARA II (o el Método Dorhis-Palmer)


Señor Dellinger:

Le estaba relatando las desatinadas peripecias de la construcción del túnel Olmy (pues así se llama en honor a uno de los miembros de la Hermandad) cuando, imprevistamente, se apersonaron los guardias a darme la pastilla amarilla (para los granos). Como comprenderá, tuve que esconder la computadora debajo de la cama, para que ignoren todo lo posible, cuanto más, mejor. A propósito de esto -y tómelo como comentario al pie, breve reseña o fe de erratas- le diré que tanto la ignorancia acérrima como la erudición extrema conllevan a un estado de imbecilidad muy semejante, una suerte de abstracción autista que hace del individuo un ser pasivo y configurable. Fíjese, usted que todavía anda suelto por ahí, cómo pasan el tiempo los unos y los otros: los primeros se dispersan pensando en nada y los segundos se atormentan considerándolo todo. Yo prefiero la cultura, señor Dellinger, que es la opción del manicomio.

Pero ya basta de digresiones, continuemos con el relato: la implementación del Método Dorhis-Palmer fue, en definitiva, la clave que permitió excusar tal cantidad de tierra sin que ningún directivo del Borda se percatase jamás. Una vez puesto en práctica, el arroje de piedras ya no fue necesario -salvo como actividad romántica-, dado que la ampliación del túnel quedó reservada exclusivamente a las hormigas. Dorhis y Palmer, le aclaro, fueron el Secretario Herido y el Tesorero de Sueños Prófugos de la Hermandad, respectivamente. La idea nació a causa de la observación de innumerables hormigueros, ora aquí, ora allí, una suerte de invasión que sufrió el nosocomio desde el año 1917 y que prosigue aún hasta nuestros días. Tal descubrimiento infirió en la Hermandad la hipótesis siguiente: si se trasladasen ciertas colonias de hormigas de los jardines hasta el epicentro mismo de la gran obra, sería harto probable que estas se abriesen camino a través de él, de manera que, casi sin esfuerzo humano alguno, el túnel crecería por sí mismo. Como seguramente deducirá, el problema no era tanto el traslado de las hormigas, tampoco su crianza y reproducción sino, más bien, enseñarle a los insectos la dirección en la que debían cavar. Lo que la Hermandad advirtió, una vez implementado el proyecto, fue que estos bichos eran muy mal educados, independientes le diría, y todo entrenamiento fue inútil, incluso por vías violentas (pisotones), dado que, en pocas palabras, cavaban como se les antojaba a ellas y, vaya a saber uno en virtud de cuales disposiciones del azar, en dirección a la estación Piedras. He aquí que yo, años después, decidiera la utilidad del túnel Olmy, es decir, desviara un subterráneo para uso del personal interno de nuestra querida institución, con fines que aún no tengo definidos. Pero eso es otro capítulo. Ahora hay algo que quiero explicarle: en ciertas instancias del proyecto, cuando la implementación del Método Dorhis-Palmer ya tenía dos o tres meses de aplicación, los directivos de la Hermandad advirtieron un cambio en la conducta de las colonias: se dividían en grupos, unas por aquí, otras por allí, y ya fue insoportable contenerlas. De manera que el túnel Olmy es sólo uno de los tres que existen. El segundo, el Droblas-Telmo, es el segundo que conlleva, como Azulejo ya le habrá advertido, del subsuelo de su casa a las inmediaciones de la estación Varela, línea E., tocando, naturalmente, lo que podría llamarse su epicentro, es decir, los subsuelos del Borda. (Le recuerdo que esta es información confidencial). En cuanto al destino del tercero, le confieso, es desconocido.

Pues bien: toda esta suerte de caóticas ramificaciones arremetidas por las colonias de hormigas, no eran más que un intento desesperado por obtener alimento. ¡Fíjese hasta que punto la Hermandad estaba embuída en los avances de la obra que había olvidado la comida para las hormigas! El nuevo problema, como la lógica más elemental nos dicta, se subsanó cuando se trasladaron disimuladas plantaciones de ajo y de lechuga desde los jardines del Borda a las profundidades de los túneles. Se utilizaban velas y ciertas substancias fosforescentes de origen mineral, obtenidas en las excavaciones, para dar luz a los vegetales y así conseguir su crecimiento. Esto, gracias a las pericias de la Hermandad, fue un éxito en tales momentos. Y digo "en tales momentos" con total intención pues, pasados ya los años, esas modestísimas plantitas subterráneas se convirtieron en inmensos complejos selváticos prácticamente intransitables, sobre todo en el tercer túnel que, como ya le dije, ignoro a dónde conducen hoy día sus intrincados espacios subterráneos... hay, no obstante, por ciertos ruidos, graznidos y rugidos que vienen de allí dentro (disculpe la cacofonía, pero son esas las tres clases de sonidos que se oyen) hay, digo, seres de alguna clase, comunidades vivas de vaya uno a saber qué tipo, acaso civilizaciones con sus dirigentes, sus guerras y sus conflictos, con sus imperios y geografías, dioses y mitos; sociedades que ignoran la existencia de un mundo sobreterráneo; quizás hayan construido sub-subtes, transportes que, ya bajo tierra, se desplazan aún más abajo. Pues -y permítame este pensamiento lateral-, siempre parece haber en toda inteligencia una desatinada tendencia al movimiento, una suerte de ansiedad inútil que se compensa con ese ir y venir furioso. De alguna forma la lucidez y la quietud no compaginan. El adiós, me parece, es consecuencia directa del transporte, estimado Dellinger.

Pero, a fin de cuentas, son éstas simples presunciones mías... ahora quisiera contarle lo que ocurrió cuando Palmer murió, devorado por sus insectos.

Será más adelante.

Dr. Rigopietro.
Borda -Argentina.



**Haciendo Zoom**Investigando en la Web, Damián localizó el servidor que da hosting al hospital Tiburcio Borda, a saber: (http://www.drwebsa.com.ar). Por ejemplo, apuntando aquí con el Explorer (http://www.drwebsa.com.ar/borda/) te podés encontrar con el sitio propiamente dicho. No obstante (y aquí me permito la reserva de ciertos datos técnicos conseguidos clandestinamente, en virtud de los cuales podría tener problemas con los sistemas legislativos del mundo real), existe un servidor FTP relacionado al hospital, en el cual, una vez logueados, podemos ver lo siguiente. (Transcribo el ?log? del WS FTP con el que nos metimos al host):

NOTA: (las direcciones IP, por cuestiones OBVIAS, fueron alteradas con una XX)

**Breve expliqueta de nuestras investigaciones en la net**


WINSOCK.DLL: WinSock 2.0
WS_FTP95 LE 4.60 98.03.17, Copyright © 1992-1998 Ipswitch, Inc.-
connecting to xx.xx.184.59:21
Connected to xx.xx.184.59 port 21
220-=(<*>)=-.:. (( Welcome to PureFTPd 1.0.12 )) .:.-=(<*>)=-
220-You are user number 1 of 50 allowed.
220-Local time is now 14:32 and the load is 1.15. Server port: 21.
220 You will be disconnected after 15 minutes of inactivity.
USER public
331 User public OK. Password required
PASS (anonimous)
230-User ntinter has group access to: public domain
230 OK. Current directory is /PWD
257 "/" is your current location SYST
215 UNIX Type: L8
Host type (S): UNIX (standard)
PORT xx,xx,xx,242,14,14
200 PORT command successful LIST
150 Connecting to port 5001
Received 397 bytes in 0.1 secs, (30.00 Kbps), transfer succeeded
226-Options: -l
226 6 matches total

He aqui lo IMPORTANTE!
etc
mail
ftp
public_ftp
public_html
www
dellinger ---->>>>(QUE ES ESTO?)


Lo que ves más arriba es el listado de DIRECTORIOS del servidor FTP en cuestión. Obviamente, el directorio "dellinger" está inaccesible, igual que los otros, como si el conjunto fuese una cuenta creada por los administradores del hosting para armar un futuro sitio web o, al menos, un almacén de archivos tipo programoteca. Sin embargo, todos los directorios -salvo "dellinger"-, fueron creados el 1 de enero del 2001. La carpeta "dellinger", por el contrario, tiene fecha posterior: 12 de septiembre del 2001. Lo que significa (según Damián) que, en tanto los directorios "ftp, public_ftp, public_html, etc" fueron creados por el programa gestor de la cuenta el 1 de enero, Dellinger, en cambio, fue gestionado por el usuario, meses después. La pregunta es, ¿qué usuario? ¿Rigopietro?. Seguiremos investigando.

Cordiales,
R.


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viernes, junio 25, 2004


AREA EN CONSTRUCCION
(o el tractat de objetos mitológicos)


En tanto esperamos que Damián (mi socio) nos confirme las últimas direcciones IP desde las que el Dr. Rigopietro le escribe a Dellinger (ver post anterior para más datos), les comento que está en proceso de construcción una nueva sección del blog: Tractat de objetos mitológicos accesible desde aquí o desde el menú de vínculos de la izquierda. En ella se irán documentando (junto a una breve y complicada introducción que da pena leer) el listado de cosas que fui encontrando desde el 6 de marzo del 2004, fecha en que comencé la búsqueda del pseudo filósofo antropo-depresivo Simón Barrúntero.

Cordiales,
R.


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martes, junio 22, 2004

COSA RARA (o creer o reventar)



Hace un par de días, un cliente trajo al negocio (entre otras boludeces) un disco rígido que, según parece, había pertenecido a la computadora de una imprenta del barrio de San Telmo. Al quebrar la imprenta en diciembre del año pasado, este cliente nuestro (conocido de mi socio y dueño de una distribuidora de papel), recibió varios equipos e insumos informáticos -entre ellos el disco en cuestión- como parte de pago de una deuda de la que no hace falta extendernos aquí. En resumen: ayer Damián, mi socio, encuentra unos cuantos archivos muy raros en uno de los discos que el cliente nos había pedido verificar y formatear. Me llama y me pregunta si no le estaba haciendo una joda. Le contesté que no, que a qué joda se refería. Entonces me mostró el hallazgo: tres archivos con extensión .eml (del Outlook Express) en donde, literalmente, un loco, nada menos que desde una dirección mail del hospital José Tiburcio Borda, escribe una historia extrañísima a un destinatario que nunca contestó. En rigor, el destinatario es lo de menos. Aquí publico la primera entrega. Por cuestiones de espacio -y para no atosigarlos- la he dividido en partes más o menos soportables. Aclaro que es, a todas luces, sencillamente maravillosa, imperdible, no tanto por no haberla escrito yo -lo cual ya es alguna garantía- sino porque, de ser cierto lo que allí se dice, estaríamos planteando la posibilidad de que este mundo (y sobre todo la ciudad de Buenos Aires) fuese, al menos, si no mágico, levemente extraordinario. Después les cuento más, ahora lean esto y díganme qué es lo que creen. El primer mail empieza así:



Señor Dellinger:

Ya hablamos sobre el asunto del subterráneo y le pido que no cuente estas peripecias a nadie, porque más luego, a través de este o aquel comentario, voces de voces, usted sabrá, la historia del vagón desviado será de público conocimiento. Y yo le digo a usted lo siguiente: no se desvió, por el contrario, lo desviamos a propósito. Lo más difícil fue, naturalmente, desviar el vagón número 4 del convoy N-436. El vagón número 4, señor Dellinger, como estoy seguro su inteligencia deduce, es el del medio. ¿Entiende? Motivo por el cual -entre otras cosas- se tuvo que embaucar al maquinista, despistar al guarda (ese que agujerea boletos) y electrocutar benignamente al empleado de ventanillas. En rigor, tardamos seis minutos y treinta y dos segundos con tres décimas en concretar el operativo. Yo, obviamente, cronometraba las fases y daba directivas a terceros. Era el cerebro de la cuestión.

Uno de los problemas principales fue, a posteriori, determinar qué cosa hacíamos con la gente que nos había quedado dentro del vagón número 4, porque, comprenda, no hubo tiempo de descenso ninguno, tanto más cuanto los pasajeros se negaban a abandonar el convoy, confundiéndonos con operarios del subterráneo. En lo que respecta a las fases del plan, se las describiré a grandes rasgos, porque, en honor a la verdad, tales fases fueron concebidas con años de antelación por "nosotros", y trasladadas a grandes folios que yo aún conservo aquí y que Azulejo, su perro, conoce de memoria.

Sin embargo, usted querrá saber, querido amigo, primero, cómo se construyó el túnel que lleva de la estación Piedras hasta el nosocomio, o viceversa, porque es previsible que una persona cultivada como usted haga uso de la lógica, privilegiando el "túnel" antes que el "subte", del mismo modo que el "medio" es condición directa del "fin". De esto, del túnel, puedo adelantarle lo siguiente: entre los años 1912 y 1933, ciertos "pacientes", decidieron ampliar las posibilidades topológicas del Borda, razón que los conllevó a la realización del famoso túnel que a usted tanto desvela, el cual hoy día se extiende (y esto dudo que lo sepa) hasta los suburbios del parque Interama. Pero no nos adelantemos. Uno de los principales problemas de estos pioneros fue qué cosa hacer con la tierra que iban quitando de los subsuelos porque, usted comprenderá, eran toneladas, cientos de toneladas de tierra, cascotes y minerales diversos que no se sabía donde esconder de los enfermeros y médicos. Entonces la Hermandad decidió (así es como se hacían llamar tales pacientes) implementar un sistema muy sencillo, aunque insidioso y extremadamente lento para subsanar semejante inconveniencia: reivindicar el antiguo juego de arrojar piedras al cielo, cuyo premio más codiciado era pegarle a la Luna. No voy a negarle que resultó harto difícil convencer a los advenedizos de que, pese a lo que la lógica formal dijese, existía una remota posibilidad de errarle al satélite. Y como si esto fuera poco, aquellos jugadores de la vieja guardia, acostumbrados al tacto de los clásicos cascotes, por lo general esquirlas de adoquín común, no querían saber nada acerca de andar lanzando al cielo bolas de barro blando y pegajoso. Tenían razón, no lo niego, pero desde la perspectiva del proyecto, que era, como ya lo imagina, trasladar el barro de la Tierra a la Luna, parecía la opción más viable de aquel entonces. Y así se hizo, pese a las dificultades iniciales que le estuve relatando. No obstante, a los pocos meses de aquella atinada implementación, Hausdorff, el Bibliotecario Transparente, vino con el cálculo siguiente: de arrojar, como se estaba haciendo, un promedio de doscientas bolas de barro a la Luna por noche y, considerando la desviación de Bauser (una suerte de constante tipo PI, pero referida a variaciones impredecibles en la velocidad de ambos astros, esto es, Tierra y Luna, cuyo acontecer hacía tender al infinito la posibilidad de errar), se tardaría, digo, mientras las condiciones iniciales del sistema se mantuvieran relativamente estables, unos doscientos treinta y cuatro años y tres meses en prolongar el túnel apenas mil metros.

De modo que, ante este nuevo traspié, la Hermandad decidió, además del recurso del juego de las piedras, incluir el Método....

Sigo luego. Ahí vienen.

Dr. Rigopietro
Borda -Argentina.


Obviamente, quedan otras cuestiones muy raras: la dirección mail del destinatario, ese tal Dellinger, (dellinger@hotmail.com) aún existe. Mandé un par de mails con boludeces y el robot no me devolvió ninguno, lo cual hace pensar que hay alguien quién ha recibido y, de hecho, leído estos mails. Ahora Damián está rastreando el servidor desde el cual se mandaron los mails... en fin: creer o reventar.

Pero la cosa sigue.
Opinen si quieren.

Cordiales,
R.


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martes, junio 08, 2004


TEORIA DE LAS MUJERES HERMOSAS
(o El Manuscrito Mágico)


--->(viene del post anterior)

Hace un rato busqué en mis pantalones aquel manuscrito que una mano anónima me acercó en el Burger King de Caballito el jueves próximo pasado (mencionado a las apuradas en el post anterior). En el se leía, cinco días atrás, el bosquejo de una teoría -rara y peligrosa- de un tal Gustalnikov referida al sentido de la belleza en las minas lindas. Y lo busqué para cumplirles y publicar -en rigor, transcribir a manopla- semejante audacia de la ensayística argentina. No obstante, ante mi sorpresa, si bien el manuscrito hallado en los confines de mi jean es el mismo que me dieron -me refiero al papel y, lo que es definitivo, la caligrafía- el texto, debo decirlo, es otro.

Consultando en la blogósfera, reticentes hacedores de blogs capitalinos han sugerido la existencia de cierto papel cuyo texto cambia de acuerdo al barrio en que se esconda. Preguntando más, Sergio (http://www.balardini.net/), me explicó que él supo de una guía telefónica que enseñaba los teléfonos de todas las mujeres con las que el consultante -o sus amigos- se acostarían en los próximos veinte años. Obviamente, se reservó mencionarme la zona en donde está la cabina telefónica que la resguarda "por una cuestión de seguridad personal, Robel, para tu propio bien". Yo creo que no quiere que averigüe que ya, para mí, no se me reserva ninguna fémina más. ¡Pero no nos perdamos en impertinencias amorosas! He aquí lo que hoy, ahora, en este mismo momento, puede leerse en el Manuscrito Mágico:


EL MANUSCRITO MAGICO (primera entrega, por ahora, anónima)

**Manuscrito Mágico**

La existencia humana plantea un problema. El hombre es lanzado a este mundo sin su voluntad y retirado de este mundo también sin contar su voluntad. A diferencia del animal, que en sus instintos tiene un mecanismo "innato" de adaptación a su medio y vive completamente dentro de la naturaleza, el hombre carece de este sentido instintivo. Tiene que vivir su vida, no es vivido por ella. Está en la naturaleza y, sin embargo, trasciende a la naturaleza; tiene conciencia de sí mismo y esta conciencia de sí como un ente separado lo hace sentirse insoportablemente solo, perdido, impotente. El hecho mismo de nacer plantea un problema. En el momento del nacimiento la vida le plantea una pregunta al hombre y él debe responder a esta pregunta. Debe responderla en todo momento, no su cuerpo, ni su espíritu, sino él, la persona que piensa y sueña, que duerme y come, que llora y ríe, el hombre total. La pregunta es: ¿cómo podemos superar el sufrimiento, el aprisionamiento, la vergüenza que crea la experiencia de separación; cómo podemos encontrar la unión dentro de nosotros mismos, con nuestro semejante, con la naturaleza? El hombre tiene que responder a esta pregunta de alguna manera; y aun en la locura...

(...se desdibuja el texto hasta hacerse invisible)

Cordiales,
R.


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jueves, junio 03, 2004


DE BITACORAS III (o la hora de rendirme cuentas)


Y bien: nada. Desde el 6 de marzo no hice más que deambular, por las tardes, en busca de Simón Barrúntero. En el último tiempo algo cambió: se me dio por caminar de casa hasta el parque Rivadavia, sin prisa, evitando los transportes de pasajeros (antes tomaba el subte en plaza Miserere). No dejé de bajar a la estación Acoyte, sin embargo, con la difusa esperanza de encontrar algo, alguien, cualquier cosa menos el vacío.

Entonces me arrojaba en el Burger de Rivadavia y Río de Janeiro a tomar café y barruntar pelotudeces. Me asombraba -eso sí- de la cantidad enorme de personas solitarias que se sientan a una mesa y ojean papeles, revistas o libros. Yo creo que no leen absolutamente nada... van a un lugar público para pensarse cerca de otra gente; o escuchar el dulce bullicio de los chicos que se reúnen, luego del colegio, a contarse cosas, en ese tiempo adolescente en que aún Dios está jugando de local y el mundo tiene dientes de leche.

Y a eso vamos (en última instancia) las personas mayores a los bares de las grandes ciudades: a enseñarnos mutuamente el sórdido trofeo de la soledad, la sutil cirugía que opera en las facciones de sus víctimas. Y de ese modo, también, a sentirnos menos solos, incluidos en el siempre vergonzoso planisferio de la misantropía, como provincias de una nación sitiada.

No obstante -¡bingo!- parece que alguien me reconoció hoy. Al bajar la vista -luego de un lapso de abstrusas elucubraciones inútiles- advertí un papel sobre la mesa del Burger, un manuscrito. "Para que lo publique en el Blog, usted ya sabe" rezaba la primera línea. Y más abajo: "La Teoría Gustalnikov sobre las minas hermosas" parecía ser el título. Seguí leyendo al azar: entre paréntesis, en la mitad de la cuartilla, encontré: "(Le aclaramos que Gustalnikov se suicidó hoy)"...

En fin, es un relato raro y peligroso. Acá lo tengo en mis manos y -para colmo- habrá que tipearlo. Hoy no.

Cordiales,
R.


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viernes, mayo 21, 2004



Hace algunos días, comentándole a un amigo -cuyo padre fue empleado de ENTEL- que, en el último tiempo, poco tení­a para escribir en mi blog, me ofreció (si de material a publicar se trataba), un texto harto curioso que su padre encontró en la década del ´70 en una oficina a remodelar; para ser preciso, dentro de los cajones de un escritorio "abandonado". Acepté de mala gana, pensando que sólo me lo había ofrecido de compromiso. Hace algunas horas, un mail de este amigo en cuestión me arrojó el trabajo que a continuación expongo. Un resabio de sinceridad me tienta a advertirles que es extenso, arduo y, para colmo, da la impresión de haber sido terminado a las apuradas. Sin embargo, vale la pena agregar que, pese a ello, el texto demuestra que los empleados de ENTEL no sólo se dedicaron a la ciencia de las comunicaciones propiamente dicha sino, también, a una cierta metafí­sica de la incomunicación humana.


De teléfonos.
* De teléfonos, material inédito cedido por un ex empleado de la antigua ENTEL, BA Argentina *
Al levantar el auricular telefónico, Karell, gerente de un importante departamento, escuchó que le decí­an, en tono cordial y amable:

"Buen dí­a, ¿Comerciales?"

"¿Comerciales?" repitió Karell, percibiendo de inmediato los despojos de una antigua ira que ahora comenzaba a crecer, organizándose. Entonces contestó: "En lo absoluto errada, señorita. En primer lugar le solicito atención, en segundo, que guarde perfecto silencio y de ninguna forma intente -es un hecho que lo intentará- quebrar con sutilezas el hilo de mi explicación. Muy bien, está¡ callada, respeta las advertencias; lo cual admito, pues el único modo conocido de hacerse entender es, naturalmente, que la otra parte, la receptora, se atenga estrictamente a su papel de escucha, olvidada por completo de la muy viciosa interrupción. Problema -la interrupción- que, a mi entender, y si me concede exponerlo -cosa que hará porque no me permitiré la tentación de oí­rla- merece no sólo su estudio académico sino también la edición y propalación de tales investigaciones a manera de vastos informes redactados por especialistas, en lo posible dentro de un lenguaje no críptico y casi siempre popular en favor de las masas -que son las que más lo interrumpen a uno- y la civilización toda. De llegar alguna vez dicho ideal -la interrupción de la interrupción- le aseguro que mi felicidad estaría casi asegurada y podrí­a incluso tolerarle a usted algún mí­nimo bocadillo de cuando en cuando y tan solo dentro de ésta conversación; pero ya ve, semejante utopía nunca fue alcanzada y pagará por ello con su pasividad, tal como ahora, muda, muñida su oreja al teléfono. No obstante y por lo tanto, como estimo habrá advertido, -¿usted está escuchándome, verdad? Conteste sí­ con su silencio- me refiero a que la interrupción es una plaga universal y extensiva a infinidad de planos humanos; por desgracia, puede interrumpirse en cualquier parte y ocasión. En este caso la problemática se bifurca y desparrama logarítmicamente en innumerables sentidos, complicándolo todo -como si el mismo todo necesitase que lo compliquen- y creando por añadidura -algunos lo expresan de otro modo, dicen, por ejemplo, por carácter transitivo o simétrico- diferentes escuelas homónimas y antagónicas que expresan sus verdades homónima y antagónicamente, -a veces dentro de las mismas escuelas pueden encontrarse verdades equí­vocas y contradictorias, pero no es el caso- sobre el asunto. Pues ocurre que, también a niveles académicos, los estudiosos tratan la interrupción interrumpiéndose entre ellos, generando así­ nuevos axiomas del fenómeno y extendiéndolo al infinito, por lo cual se afirma -no está fehacientemente comprobado- que la religión ha tomado cartas en el asunto, desplazándolo a usos sagrados y por lo tanto incomprensibles. Sea como fuere, ahora que asumo por su silencio constante que usted se siente subyugada ante el discurso, me introduciré un poco más en el prefacio. Le aclaro que tal prefacio, por no llamarle epí­grafe, se hace necesario a la comprensión futura del mensaje que tengo cavilado darle; y si por algún capricho del destino -el timbre de una puerta, el saludo de cierto compañero que ingresa a su oficina y le besa amablemente- usted no atiende tan solo a una de mis palabras, es imposible que esto sirva para algo y de seguro terminará entendiendo en sí­ otra cosa, posiblemente todo lo contrario a lo que intenté decirle, o supondrá haber escuchado algo pero entendido nada, o existirá la duda sobre lo que escuchó y mas luego entendió, o creerá sobreentendido algo que ni siquiera a escuchado y así­ sucesivamente hasta el dí­a de su muerte. Entonces, ¡atención! es bien fácil abordar el tema en un sentido estricto, -no es otro mi deseo- pues prometo no excederme mas allá del medio que ahora nos compete, es decir, el teléfono. Como estoy absolutamente seguro que comprenderá -he incluso doy por descontado que me dé a toda instancia la razón- el teléfono es el caldo más propicio para que la interrupción se crí­e, multiplicándose en millones de bocas. Aunque hay quienes dicen que, más allá e incluso antes de la interrupción propiamente dicha, dentro de una conversación telefónica cualquiera, existe otro mal, cuanto más grande y pervertido: la "no-escuchabilidad". He aquí­ un paréntesis que traerá a colación otra anécdota, -más que anécdota, legado- por lo que se me hace imprescindible comentarlo; y a modo de ejemplo se lo describiré textualmente, repitiendo las tí­picas conversaciones -si puede llamárselas así­- que conllevan el virus en su más impresionante manifestación:


La No-Escuchabilidad

Imagine a un sujeto M y otro sujeto B. M llama a B. B atiende el auricular y dice: "Gerencia" (puede decir, incluso, "contaduría", "facturación", etc. No es lo importante). M responde: "Pérez, ¡cómo te va!" (ídem anterior, puede decir Martínez, esto no interesa, pero sí preste atención al ). B contesta: "Excelente". M continúa: "Necesito información sobre los importes...". Ahora bien, fí­jese usted que el intercambio de datos (las oraciones aquí­ pierden todo contenido semántico, podrí­a tratarse de números previamente convenidos por alguna norma universal -como el PAL-N, el NTSC, etcétera- ) admita, como le explicaba, que el intercambio de datos se produce en forma tal que si B hubiese dicho, en lugar de: "Excelente", por ejemplo: "Me va para el demonio", M no hubiese podido agregar más de lo que dijo: "Necesito información sobre los importes..." y el cauce de la comunicación hubiese continuado por el mismo rumbo, esto es, averiguar precios de determinados productos. Pero sucede que -siguiendo con el mismo ejemplo- tampoco es dable pensar que M no quiso escuchar a B sólo en el punto referido al estado aní­mico de B (cómo se encontraba) y sí­ dar preferencia a la cuestión comercial. Porque en realidad, de acuerdo al modo con el que se organizan en ésta u otra compañí­a, casi todos los empleados efectúan siempre la misma tarea, rutinaria y predecible, de manera que, en última instancia, el timbre del teléfono ya casi habla por sí­ solo en cuanto al contenido de la comunicación; y ésta deja de guardar sentido, salvo en su tramo final, en el que M toma nota de los importes que B le transfiere. En definitiva, B nunca escuchó nada. Solo sabe que después de oí­r la campanilla debe emitir ciertas cifras al tubo de un teléfono, sea quien fuese el que está del otro lado, y luego cortar la comunicación. M, en cambio, solo pasa esos números a una computadora y todo termina ahí­. Esto, claro, termina ahí­ en el sentido de la crónica, quiero decir, de los hechos. Porque hay quienes señalan en torno a este relato -que ha sido catalogado como tí­pico exponente del mal en cuestión- que, en realidad, M tampoco escucha nada de lo que B dice al teléfono, por lo cual vuelca a la computadora cualquier cosa, o nada en absoluto, fingiendo ante sus jefes que tipea o no fingiendo absolutamente nada, ya que tampoco puede asegurarse que sus superiores compartan con él la oficina y a todo instante puedan vigilarlo. Y le puedo decir más: muchos creen que ni siquiera M existe, otorgándole sus funciones a una máquina que, automáticamente, carga los datos que B le transfiere. Por supuesto que B puede incluso ser otra máquina -esto lo pienso yo y creo que nadie lo sospecha todaví­a- pero, ¿para qué extendernos tanto? Estimo más que suficiente la descripción de la , por lo cual paso a narrarle cierto atendible legado que, para ser exactos, no consigue sino explicar lo mismo con diferentes palabras. Este dice -de acuerdo a manuscritos antiquí­simos entregados a mis manos por empleados telefónicos- lo siguiente:


El Legado

"Aquí­, por ejemplo, hay un teléfono. El teléfono suena, una mano atraviesa el aire y se posa sobre el tubo, levanta con pesadez el auricular, lo acerca a una oreja; la oreja percibe la superficie frí­a del plástico circular contra el contorno de un lóbulo de carne tibia. Entonces una boca prepara el molde de un vocablo, unos músculos contraen los labios de la manera más conveniente, y el hombre dice: -Hola. Eso es todo. Después, cuanto mucho puede sobrevenir un diálogo, o la convención de eso que los diccionarios definen como tal. Porque el hombre escucha otro "hola" venido de algún remoto sitio, acaso lejano, desde el cual una persona como él ha seguido el ritual de un modo inverso. Y ambos quedan conectados por un tiempo, vinculados por el lapso de esa comunicación, gracias a un alambre pensado para hacer audible el aullido humano de la manera más óptima. Entonces, cuando el universal protocolo ha confirmado la validez del enlace, comienza lo que ellos denominan conversación: a veces se intercambian ciertos formalismos, dudosos intereses sobre sus respectivas familias, hijos, enfermedades varias, tragedias y catástrofes. En otros casos repiten los titulares de los diarios como si ese fuera el verdadero motivo de su charla, pero no, es un truco, porque palabras antes o después, uno de los dos aborda el tema por el cual cree estar hablando con el otro, y puede decir, por ejemplo: -Todaví­a no recibimos la partida de inodoros. A lo cual la otra parte explica el motivo por el cual los inodoros no llegaron. Y quedan discutiendo el tema por un rato, en ocasiones apasionadamente, hasta que, muy de a poco, las palabras que se dicen pierden fuerza, el contexto se hace difuso y parece desviar su sentido original. Entonces los dos hombres entran en eso que autodefinen arreglo, un cansancio tácito y convenido, lo olvidan todo, la comunicación finaliza, y vuelven a colocar el auricular en su lugar.

"Como verá -supongo que ahora estará llorando- el relato no requiere explicación adicional: define al teléfono como el medio mas sensato de no-comunicación. Lo curioso del caso es que, al revés de lo que suele pensarse, tal legado fue prescrito por los mismos patriarcas de la invención. Ciertamente, -esto que remito es confidencial- se cuenta que Graham Bell utilizó con mucha más frecuencia al correo desde que supo imponer la tecnologí­a que, paradójicamente, terminarí­a aboliéndolo. No obstante, -y ahora permí­tame pensar en voz alta-: ¡Que hermoso serí­a si todo fuese hijo de una sola verdad, el cielo azul para el común de los hombres! Deberí­a usted ver la indignación de los empleados de correo ante la sola sugerencia de semejante manuscrito. Ellos estiman lo contrario: que el correo hace años es inútil, particularmente desde el año en que apareció el teléfono y más particularmente desde el dí­a en que se redactó el manuscrito, el cual, a propósito, no creen que exista. Y si existe -dicen, pero recién cuando uno los ha rebasado de preguntas; y en tanto lo confiesan, por lo general se disponen a jugar al Pacman en alguna computadora, desinteresadamente- Y si existe serí­a falso por dos causas: una, que las copias que circulan no poseen estampilla ni sello postal y dos, que esas copias no son válidas puesto que -al carecer de antecedentes postales- habrán sido dictadas por teléfono. Llegado este punto uno comprende que la cuestión es tan delicada que bastarí­a un simple suspiro para derribar el conocimiento humano universal. Y usted, -me refiero a usted que está al otro lado de la lí­nea- en lugar de haber dicho aquello que corresponde, aquello que cualquier oyente sano espera discernir al levantar el tubo de un teléfono, solo pregunta, después de dar los buenos días, <¿Comerciales?>. ¡Pero en qué mundo ha vivido! ¿Está todaví­a ahí­?; ¡No conteste! A partir de ahora se hace conveniente establecer un sistema por el cual pueda confirmarme su existencia del otro lado del cable, a no ser que -pero esto es denigrante- me quiera interrumpir. Tal método será el que paso a detallar: a cada pausa en mi discurso, -me refiero a pausas precisamente definidas por un punto que demarque el final de una oración, de ninguna manera aludo a las comas- usted, con la mas fina delicadeza, golpeará la cápsula microfónica por intermedio de cierta cucharita de café; -considere mi benevolencia al solicitarle tan común elemento bien obtenible en su ámbito; y hago hincapié en la cuestión pues conozco casos en los cuales se ha exigido el uso de una tuba- golpeará, decí­a, en cambio, con la cucharita de café. Entonces yo sabré si aún sigue allí­ y permanece atenta. Pero, ¡cuidado! No intente rebasarme en astucia, dado que es tí­pico caer en tentación de emitir señales aleatorias en cualquier instancia para engañar al transmisor. Si lo hace así­ yo me daré perfecta cuenta, pues recuerde la consigna: a cada pausa en mi discurso si y solo si tal pausa sugiera la concreción harto audible de un punto gramatical dispuesto al extremo ulterior de una unidad sintáctica dada. ¡No antes! Le advierto que soy muy avezado en el asunto. Entonces, pues, es hora de ensayar la implementación: vea que también soy condescendiente; empezaremos con oraciones bien diferenciadas, claras y concisas, a saber: "El perro está durmiendo... Tristes son las tardes en el verano de Madrid... La luna adolece de amistad... "¿Pero es que no ha entendido nada?; ¡Esas eran tres oraciones y debería haber golpeado! ¡Ah!... qué bonito, ahora sí­ se percató la dama, pero mal, ¡muy mal!, pues en este momento hemos salido del ensayo. Deje usted de golpear, quiere, ya sé que está ahí­ martirizándome. De todos modos, ahora que lo pienso: ¿es realmente eso una cucharita?; convengamos que su torpeza me irrita y desconcentra. Por lo demás ya estoy gritando, y pese a que no se recomienda en la oficina andar de a gritos, mi temor sobre la duda tiene más preponderancia: ¿es eso una cucharita de café? Creo que no. Desde ya creo que no. Por la clase de sonido mas bien supone un triángulo metálico al cual se golpea con otro elemento separado del primero que, a modo de vara o lapicera, se agita en el interior de las caras geométricas con el fin de generar la emulación de cascabeles. ¡Eso es lo que es! ¡Dice: <¿Comerciales?> y luego miente! ¡Y deje de una vez por todas tranquilo ese triángulo! Intentemos pues, ejercitando la paciencia, entregados ambos a la mutua comprensión, tranquilizarnos brevemente. Usted ya ha dicho mucho y yo no he dicho nada. Estamos nerviosos; alejados de la felicidad. Le debo a usted una disculpa, generalmente soy violento e irascible, lo confieso. Pero usted, señorita, ¿Cómo es posible hacer algo así­?; ¿Quién concebirá jamás semejante impertinencia? (Le pido por favor no agite el triángulo). Para poder explicarle la gravedad de su error es menester y obligación que la introduzca, al menos, en los suburbios de semejante equívoco. ¿Usted sabe a qué número de teléfono ha llamado? Muy bien: no contesta, ya no toca el triángulo. Lo entiendo como símbolo de paz y, por supuesto, también la pregunta fue simbólica. En tal sentido, -y para que comprenda que todo en mí­ es pura deferencia- voy a confesarle otra verdad: se dice que ninguna pregunta emitida por teléfono merece una respuesta; por lo cual ha hecho bien en omitir señales. He aquí­ otro punto en exceso indispensable que nos conduce al camino de la verdad, ergo, al cauce de mi crónica -luego me enviará por carta, a modo de comprobante de escucha, una copia fiel de este discurso- y por consiguiente queda reclutada a oí­r. Si bien se afirma - quizá sugiere- en el seno de contadí­simos cí­rculos de usuarios telefónicos, que toda pregunta emitida por tal medio desmerece una respuesta, esto no significa, en efecto, que dicha pregunta no pueda responderse. En rigor, debe responderse, aunque se sepa, de antemano, la inutilidad del acto que conlleva responder. De acuerdo con el principio de incertidumbre telefónico -aludo aquí­ a investigaciones muy precisas de estos cí­rculos de usuarios- existen tres axiomas fundamentales que dan prueba de lo dicho, a saber:


Principio de Incertidumbre Telefónico.

AXIOMA PRIMORDIAL

1) Toda pregunta, cuya emisión se propala cerca del tubo de un teléfono, puede ser formulada para el corresponsal de la comunicación en curso pero puede, no obstante, haber sido destinada a un tercer sujeto, desconocido por quién se encuentra al otro lado de la lí­nea, y, por ende, aunque así­ lo parezca, no incumbente al corresponsal.

AXIOMA MERIDIONAL

2) Toda pregunta, en caso de ser propalada por la mismí­sima persona fí­sica que el corresponsal supone al otro lado del cable, puede, a su vez, no ser propalada por la mismí­sima persona fí­sica que el corresponsal supone al otro lado del cable, puesto que nadie es capaz de asegurar, a través de formas legales y mediante un teléfono, que es quién dice ser, por tanto, considerando el primer axioma que influye sobre éste y el flujo de verdad que del presente axioma se desprende, mejor abstenerse, o cortar la comunicación.

AXIOMA FINAL

3) Toda pregunta, perfectamente formulada y en conocimiento absoluto por parte del corresponsal de la persona fí­sica que la formula -lo cual ya es imposible dados los anteriores axiomas- puede, no obstante, haber sido alterada por terceros que, a sabiendas de los procesos técnicos por los cuales una señal audible se transporta de un lugar a otro mediante alambres telefónicos y, en virtud de predecibles -aunque improbables- intenciones de espionaje, han desvirtuado el contenido semántico de la interrogación; con lo cual es menester no solo abstenerse y cortar la comunicación, sino dar de baja tal servicio telefónico.


"Dicho esto, estimada señorita, coincidirá conmigo en que toda respuesta esgrimida a un aparato telefónico -en caso de ser esgrimida- resulta ambigua, inútil, falaz, ambivalente, equí­voca, y finalmente estéril. Por lo cual se hace importante el hecho de que atienda y me habilite -pese a que otra vez esté tocando ese triángulo- a confiarle toda la verdad. Si lo hago no es por complacencia o amor cognoscitivo, sino para certeza personal en cuanto al mensaje que, como he dicho, tengo obligación de darle. En un tiempo -puede ser aquel en el que se redactó el manuscrito, aunque también antes o después- los empleados telefónicos tení­an el siguiente lema a la hora de vestir sus overoles: unir sin vincular. Cierto es que no puede precisarse a ciencia exacta cómo aplicar semejante frase a tal tecnologí­a; e incluso si el orden original de las palabras en la frase es el correcto, pues muchos -en el gremio de la comunicación- afirman lo contrario. También se dice -esto viene de los cí­rculos de usuarios que nunca renuncian a la esperanza de un sentido - que, en realidad, tal frase fue truncada a propósito, siendo la verdad dividida por el mundo, en consecuencia diezmada, por lo cual se esmeran en declararla incompleta -aunque nadie les crea- y profieren lo siguiente: No debemos unir sin vincular. Por supuesto, tratándose de verdades -para usar sus propios conceptos: diezmadas por el mundo- no escasean aquellos que, aún pertenecientes al mismo bando, contribuyen al sumario del problema, esgrimiendo: No debemos vincular sin unir y alegan, al uní­sono, muñidos a amplios diccionarios etimológicos, las cruciales diferencias de una aparentemente insulsa inversión de términos. No quisiera, en tanto, estimada señorita, llegado este punto desmoralizarla más, pero tampoco es honesto desestimar apéndices oscuros -que los hay en abundancia- sino, por el contrario, avanzar lo mas lejos que la comprensión humana nos permita, completando la diversidad: han llegado a decir -estos mismí­simos cí­rculos de usuarios- en instancias abúlicas y de incertidumbre que, acaso y solo acaso, la frase original no dijese mas que esto: Debemos unir sin vincular, atribuyendo el No a un momento de esperanza equivocada depositado en la ciencia de las comunicaciones y, en tal sentido, volviendo casi al punto de partida del análisis. Sea como fuere, y a sabiendas de la increí­ble confusión, también es cierto que el lema nunca ha sido visto escrito en español, sino en alemán, por lo cual y en rigor a obtusos caprichos idiomáticos, se hace intraducible. ¡OH!... veo que se ha conseguido una tuba. ¡Y la ha hecho tronar en el momento convenido! Es usted excelente, pero, por favor, no insista más, ya pude escucharla, no hace falta importunar con melodí­as, nadie le pide estudiar tuba, solo una señal, como la primera vez, y es suficiente. Pues bien, ahora que usted tiene la tuba, regresando al meollo del asunto, le diré: tanto cundir filosófico en derredor de la famosa frase no logró más que descreimiento en todos los oí­dos. La gente comenzó a interrumpirse, luego a no escucharse y, finalmente, dejó de responder.

Por lo tanto le doy este mensaje: número equivocado.


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